LA PLÁSTICA RUPESTRE ANDINA Y LA GRÁFICA CONTEMPORÁNEA

Manuel Jesús Munive

CHARLA TRAZOANDINO

El Proyecto Rupestre Contemporáneo surge para conjugar dos temas que me fascinan: el grabado contemporáneo y la plástica rupestre. En realidad, me interesa todo lo precolombino pero lo rupestre me parece que tiene un componente aún más enigmático. No sabemos quién hizo esas pinturas y grabados y sólo disponemos de aquello que vemos en la piedra para indagar. Tampoco sabemos si sus autores “estudiaron” o fueron autodidactas o si formaron parte de un clero. Tampoco sabemos si se trata de advertencias hechas por caravaneros o si forman parte de un fenómeno cultural generado como respuesta a alguna catástrofe. Tenemos más interrogantes que respuestas. A decir verdad, una de las motivaciones para emprender este proyecto fue la constatación de que aunque parece un patrimonio “eterno” resulta lamentablemente “frágil” ante la destrucción humana.


La plástica rupestre tiene principalmente tres modalidades: las pinturas o pictogramas; los geoglifos, que son diseños plasmados sobre el suelo o en laderas, siendo “Las líneas de Nasca” los más célebres en mi país, y finalmente, los petroglifos o petrograbados. Estos últimos me permitieron equiparar el trabajo del grabador contemporáneo y el de aquel tallador-grabador anónimo ancestral pues la incisión que requiere un petroglifo y un grabado que se llevará al papel comparte un procedimiento mecánico-técnico semejante.


En el Perú existen centenares de sitios y parajes rupestres en donde se evidencian diferentes tradiciones plásticas. Algunos muy sofisticados y muy sutiles como los de “El Alto de las Guitarras”, en Trujillo, cuyos trazos son apenas perceptibles al tacto, y otros como los de “Toro Muerto”, compuestos mediante surcos profundamente remarcados.


En “El Alto de las Guitarras” tuve mi primera experiencia con la plástica rupestre, acampando por varios días junto al experto en aquel sitio, Cristóbal Campana. En el lugar destacan los petrograbados de tradición Cupisnique, composiciones complejas y rigurosamente plasmadas como el ahora conocido “Señor de las aguas”. Se trata de un ser con cola de pez y colmillos que está volando y sostiene en la mano derecha un pez más pequeño. Cristobal tuvo que ir al lugar 32 veces, entre 1968 y 2012, para descubrir en la última visita las olas marinas que sobrevuelan este personaje. Allí aprendí que estos lugares requieren de una mirada acuciosa y, sobre todo, prolongada ya que la luz cambia en el transcurso del año y va revelando detalles. (Poco antes Campana, por ejemplo, había reparado en que los varios orificios de esa misma piedra, independientes del diseño, “reflejan” la constelación de Las Pléyades.).


Otro petrograbado “inolvidable” en aquel paisaje se llama “El Prisionero del Tiempo” y lo quería conocer porque se decía que desaparecía parcialmente durante el día, lo que tomé por un cuento. Pude comprobar presencialmente que a medida que avanzan las horas y el sol se moviliza deja de ser visible el lado del personaje que acabábamos de tener al frente. Se trata de una imagen que interactúa con la luz diurna y no se me ocurre nada más adelantado que eso en la historia del arte. Cabe añadir que la precisión con que fueron trazados estos complejos petroglifos nos lleva a pensar que fueron realizados por especialistas y conocedores de la simbología religiosa de su sociedad.


El 2013 fui a “Toro Muerto” guiado por una pareja de amigos artistas, Nereida Apaza y Raúl Chuquimia. “Toro Muerto” es un lugar para hacer un safari fotográfico pues reúne cientos de piedras con diseños grabados en los que destacan muchos tipos de aves, serpientes, felinos y otras criaturas; toda una fauna. Se dice que es uno de los parajes rupestres más grandes del mundo. He regresado varias veces y aún así me desoriento al punto de que hay petroglifos que no he vuelto a encontrar cuando los buscaba para hacerles una mejor fotografía.


En contraste con el “Alto de las Guitarras”, donde vemos el trabajo de especialistas y un canon religioso, en “Toro Muerto” hay tantas maneras de plasmar las figuras que por momentos uno siente la tentación de comparar aquello con el “arte popular”. Existen muchas formas de trazar felinos, aves o serpientes, por ejemplo; no se impone un patrón. La gran cantidad de piedras posiblemente incitaba a la gente “curiosa” – con talento, quiero decir – a grabar en momentos seguramente especiales.


Fue durante esa visita que pensé que podría obtener resultados gráficos interesantes si acudía al lugar con artistas grabadores que tuvieran cierta afinidad con lo arqueológico. Por suerte conocí pronto a la persona que sería nuestro “mecenas”, el poeta y agricultor, Alberto Benavides Ganoza, director fundador de la Biblioteca “Abraham Vadelomar” de Huacachina, en Ica, quien nos apoyó por casi cuatro años, entre 2014 y 2017, con los gastos de traslado, alimentación, hospedaje y equipamiento. Lo primero que hicimos fue plantear un itinerario de viaje a sitios rupestres imprescindibles en Lima, Cajamarca, Ica, Arequipa y Tacna. Y fue en esos trayectos que se fue armando el equipo conformado por grabadores de la Escuela Nacional de Bellas Artes como Luis Torres, Marco Herrera, Álex Tello y Alicia Ugaz, y un fotógrafo laboratorista de origen francés, François Canard, quien nos proporciona imágenes paisajísticas – en blanco y negro – para contextualizar las estampas en las exhibiciones.


Poco después se sumaría al colectivo un grabador egresado de la Facultad de Artes de la Universidad Católica del Perú quien se encarga de los grabados calcográficos. Marco Alburqueque no viaja con nosotros y trabaja esas estampas en la prensa que hemos adquirido a partir del material fotográfico que le proporciono. Marco eligió la técnica de la aguatinta para salvaguardar la fidelidad iconográfica de los petrograbados al llevarlos al cobre. Nuestra meta es obtener grabados que respeten el diseño original pero que a la vez aporten “algo”; que no sean sólo una copia “mecánica” sino una versión en papel que rescate la textura del soporte pétreo original. (Es en la serigrafía, tal como hizo Alicia Ugaz, donde los petroglifos pueden abordarse y replantearse con mayor libertad cromática.).



Marco Herrera, realizó una xilografía de la serpiente de mayor tamaño en el sitio llamado Chichictara, en Ica, a partir del calco que hicimos y así descubrimos que mediante la xilografía podíamos obtener “grabados a escala”, tan oportunos para demarcar los espacios museográficos. Esta intuición se vería corroborada en las dos serpientes de “Toro Muerto” que grabó posteriormente, obteniendo una estampa de cinco metros de largo.


Recorrimos otro sitio en Ica, imprescindible, llamado Huancor, que consiste en una formación rocosa natural con aspecto de templo megalítico. Allí, entre otros muchos petrograbados destacan una preciosa “Máscara chavín” y una curiosa ave con ambos ojos a un lado de la cabeza. Posteriormente registramos grabados ornitomorfos notables en el río Mala, en Cañete, Lima, así como en el lugar conocido como “Yonán”, en Contumazá, Cajamarca, en la sierra norte del Perú.


En cada lugar contactamos a un artista local para que se incorporase al grupo. Edward de Ybarra, de Arequipa, trabajó una versión xilográfica más lúdica de los petroglifos de “Toro Muerto” que a primera vista podrían servir para ilustrar un libro para niños. Nereida Apaza, también de Arequipa, ha realizado “bordados rupestres” en los cuadernos de tela que desde hace un tiempo caracterizan su obra, configurando con aguja e hilo petrograbados en rocas de Arequipa, Ica y Tacna. En el caso de Cajamarca, Valeria García, artista egresada de la escuela local, estampó serigráficamente diseños de “Yonán” e investigó la posibilidad de realizar una línea “rupestre” de orfebrería en plata.




Hemos realizado siete exhibiciones en el Perú: cuatro en Lima – en el Centro Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores, en el Centro Cultural de España, en la galería Enlace Arte Contemporáneo y en el Museo Metropolitano – y otras tres en Arequipa, Cajamarca y Cuzco, respectivamente. Esta última se llevó a cabo en el Museo del Qoriqancha, frente a la arquitectura inka que allí se preserva.


Debo decir que ninguna exposición es idéntica a la otra pues cada sala tiene distintas dimensiones y, sobre todo, porque en cada ocasión incorporamos algunas piezas inéditas. Intentamos acompañar nuestras exposiciones con fotografías a tamaño natural de los petroglifos, para que los visitantes puedan conocer sus entornos.


Tenemos pendiente un viaje grupal a Miculla, en Tacna, algo que se ha retrasado por la emergencia del Covid-19. Por lo pronto, contamos con una mención en la revista argentina Xylon, una publicación señera del grabado latinoamericano. También hemos ofrecido conferencias y talleres acerca de la iconografía rupestre andina y su potencial gráfico como actividades complementarias a las exposiciones. Hemos editado artesanalmente dos libros serigráficos y está en camino otro de xilografías. Proyectamos también realizar carpetas serigráficas que rescaten los dibujos y gráficos publicados en revistas especializadas de arqueología que están completamente alejadas del público, los cuales tienen una gran calidad estética. Hemos incorporado recientemente a la bióloga Karina Junes quien además estudia grabado en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Con ella emprenderemos la edición de libros serigráficos con el equipamiento adquirido gracias a un subsidio económico del Ministerio de Cultura del Perú obtenido por concurso.


Manuel Munive Maco, Perú: Historiador del Arte por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima. Se dedica a la curaduría desde el año 1998. Se desempeñó como periodista cultural del diario “La Industria” y como crítico de la revista internacional Arte Al Límite publicada en Santiago de Chile. 


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