EL TEJIDO, RESISTENCIA DE LA PALABRA

Pilar Millán

CHARLA ARTE EN CRISIS

Thakinaka los caminos que nos unen, el hermoso lema de este año del VIII Festival de Arte Sur Andino Arica Barroca, nos habla de un punto de unión de caminos que se cruzan, que como en la Cruz del Sur nos lleva a la unión de lo vertical y lo horizontal en un dibujo estelar que guía a la humanidad desde hace milenios.


Se podría utilizar el símbolo de la cruz como el símbolo del tejido, con hilos verticales y horizontales que se cruzan. Es un hermoso símbolo. Une el significado de la línea vertical que representa la capacidad espiritual del ser humano, con el de la línea horizontal que simboliza nuestra dimensión terrenal, los instintos. En el punto de unión de estas dos líneas, la humanidad. Así, la cruz, el tejido, son símbolos de encuentros.


En esta edición del Festival Arica Barroca, Luz María Williamson nos regaló en una corta frase un pensamiento bellísimo: “las civilizaciones se sanan en los encuentros”. Creo que es importante en estos momentos de crisis que todos los caminos se conecten y que todas estas sinergias artísticas nacidas de los trabajos de los participantes del Festival se produzcan. Es el momento de los encuentros en comunidad. Como ha resumido nuestro compañero Bosco González: “comunidad o barbarie”. Y la barbarie se nutre de los momentos de crisis.


El título de nuestro grupo de ponencias incluye la palabra “crisis”, y quizá le interese al público conocer un testimonio de un proyecto surgido de una crisis en la experiencia de una artista.


En mi caso particular, la crisis vino por un descreimiento total de la palabra pública, la de los gobiernos, la de nuestros representantes, la escuchada o leída en muchos -demasiados- medios de comunicación universales. No nos estamos creyendo nada. Entonces ¿qué falla? ¿por qué? ¿dónde miramos? Claudio di Girolamo comentó ayer la importancia de pensarnos como especie. Y creo que para ayudar a pensarnos como especie tendríamos que mirar…a los mitos. Porque los mitos son la expresión del subconsciente colectivo, la expresión más profunda del ser humano como especie cultural. Es por eso que cuando escuchamos o leemos los mitos lejanos, incluso del otro extremo del planeta, nos sentimos identificados. Todos nos pertenecen a todos. O todos pertenecemos a todos.


Mi encuentro con el mito surge en África, en Malí, haciendo un proyecto con mujeres que trabajan el textil. Por la noche leía sobre sus distintos mitos, lenguas y cosmogonías hasta que encontré un texto que me sacudió. Se trataba del mito de El Telar y la Palabra, que también es un mito de desiertos como los que se escuchan en los hermosos territorios del altiplano.


El mito de El Telar y la Palabra narra cómo al principio de los tiempos la humanidad no se podía comunicar de una manera completa. Solamente estaban los gestos. Faltaba algo esencial en la comunicación: la narración, el habla, la palabra.


Estamos hablando de un mito dogón en la zona árida del sur del Sahara, donde el agua es el más sagrado de los elementos.


Ante la incapacidad del ser humano por comunicarse, el dios del agua, un dios creador, decidió soplar las palabras a la humanidad. Fíjense, el mito dice “soplar”: volvemos al lenguaje oral, a la palabra dicha.


Sin embargo el dios del agua sabía que el ser humano no es hábil, y se preguntó dónde y a quién enviar las palabras para crear el lenguaje. Tenía que ser alguien que manejara un instrumento cuyo mecanismo fuera equivalente al mecanismo del lenguaje. Y lo encontró en el telar. Entonces, el dios del agua eligió a una tejedora. Sopló las palabras, éstas quedaron enganchadas entre los hilos y al pasar la polea al tejer, se formaron las frases. Conforme se avanza en la urdimbre y en la trama, se crea el texto. De allí la raíz latina de Textum, título de este proyecto.


Como las palabras entre los hilos, quedé enganchada en el mito.


Y decidí hacer un proyecto para recuperar una palabra en la que en ese momento de crisis no creía, pues la sentía como prostituída, ensuciada. De ahí la importancia de volver al origen, volver a los mitos y volver a la sabiduría de las comunidades. Es éste un patrimonio en conocimiento de una riqueza infinita, el patrimonio indispensable para “pensarnos como especie” citando de nuevo a Di Girolamo, un patrimonio verdaderamente plural, profundo y sincero.


¿Cómo se podría entonces hacer un proyecto artístico de ese mito con tanta carga simbólica, si la palabra es oral, si las palabras son lanzadas al aire? Imaginé entonces los lugares donde se reúnen las tejedoras en ese momento del día cuando han terminado las tareas rutinarias y aparece el momento mágico de La Palabra. Es el momento del día donde, siguiendo el mito, las sabidurías de generaciones anteriores y actuales entran en los hilos y forman un texto, una cultura compartida por siglos en las comunidades. Y conforme hilan y tejen, se va transmitiendo ese conocimiento de generación en generación.


Creo que debemos ser conscientes que el oficio de los y las tejedoras es imprescindible. En palabras de Elvira Espejo “cada persona que teje le da la vida al textil ya que le da su persona, su narración del momento histórico al que pertenece”.


El proyecto Textum trata de recuperar así una cartografía del momento de sus vidas en el que están tejiendo las mujeres que participaron en el proyecto; pero es una cartografía oral, una cartografía de palabras, que nace del mito del El Telar y La Palabra.

¿Cómo continuar entonces el proceso artístico? Tenemos el concepto, tenemos la palabra oral: falta hilvanarlas, ¿cómo?


Decidí buscar comunidades de distintos idiomas para crear un tejido coral, de distintas voces, de distintos orígenes y lenguas. Como artista, no podría físicamente trabajar con hilos, no es mi medio, ese arte pertenece a los y las tejedoras, a las hilanderas. Mi material será entonces la palabra oral, los distintos idiomas, cada uno será un hilo para crear un tejido auditivo con las palabras de todas las lenguas de cada una de las tejedoras.


En África, grabé el wolof. De vuelta a España, grabé otras lenguas curiosamente relacionadas con el agua: el gallego en Galicia, mi lugar de nacimiento donde el océano Atlántico está allí batallador, fuerte, omnipresente. A continuación Andalucía en el sur, el lugar donde crecí. Grabé las voces de las tejedoras de la sierra donde nace el río que otorga vida a la cuenca del Guadalete, que a su vez desemboca en el Atlántico. Y de Andalucía, a Cataluña.


Desde el punto de vista de este proceso artístico lo que ocurrió en Cataluña fue muy interesante pues allí actualmente no hay tejedoras. Las tejedoras desaparecieron con la Revolución Industrial, cuando copiaron el sistema de producción de la revolución industrial textil de Inglaterra a través de las colonias textiles.


Las colonias textiles se transformaron con el tiempo en una especie de gueto, una pequeña ciudad cerrada, donde el patrono construye viviendas para todos los trabajadores y trabajadoras con sus hijos, cuyas pequeñas manos son excelentes para trabajar en las ruidosas máquinas de las colonias textiles. Estamos hablando ya de producción industrial.


Implementar el tema de la producción textil industrial en el proyecto Textum me parecía interesante, siempre que tuviera una base sociológica. Busqué colonias textiles que de alguna manera pudiera visitar y que su historia fuera interesante para el proyecto. Y tuve la suerte de encontrarla. Después de meses investigando archivos me llamó la atención la historia de una pequeña colonia textil, la colonia Carme: fue la primera colonia en la que sus trabajadoras se alzan en huelga por sus derechos, huelga totalmente protagonizada por mujeres en el año 1932, y que consiguen tras dos años de lucha hacer efectivos sus derechos.


Localizarla fue muy difícil: ni en distintos archivos, ni en Google Maps, y ni en los libros de historia aparecía su nombre. Hasta que en el catálogo de una exposición en Barcelona sobre las colonias textiles, Colònies industriales, encontré el nombre de la colonia Carme en letra pequeña, al final, en una lista titulada… “colonias desaparecidas”.



La colonia Carme había desaparecido bajo las aguas de un pantano, el pantano de La Baells, construido para dar agua a la ciudad de Barcelona que crecía y crecía desaforadamente en esos años de la Revolución Industrial.


Volvemos entonces al acto de crear en momentos de crisis, hablando de un proyecto que surge de una para enfrentar otra, porque al final desaparece lo que se busca en el proyecto y se necesita para terminarlo.


¿Cómo continuar entonces? Tras semanas buscando otros caminos que no llevaban a ninguna parte volví al mito. Volví a los orígenes, a esas historias antiguas y sabias. El mito africano nos narra cómo el dios del agua sopla las palabras en un telar. Es un dios del agua quién lo hace posible y esa colonia textil que buscaba insistentemente está debajo de un pantano. ¿Y qué simboliza el pantano? La memoria, el sedimento y el paso del tiempo, y además de alguna manera, la vida.


Esperé entonces al mes de julio que bajara el nivel del agua del pantano, me sumergí en sus aguas turbias y a tan solo tres metros de profundidad pude vislumbrar los restos de los muros reverdecidos de la colonia Carme. Tomé entonces mi cámara y una larga banda de algodón tejida en un telar africano que llevaba todo el tiempo en mi mochila - de Mali a Galicia, de Galicia a Andalucía, de Andalucía a Cataluña -, y la hundí conmigo para de alguna manera dejarla caer sobre esas piedras, sobre unos muros que protagonizaron ese momento importante de unión entre mujeres trabajadoras que luchaban por sus derechos. Así, en ese acto simbólico de dejar caer la banda del telar, esa pieza de algodón blanco hundida en la memoria del agua, pudiera unir todas las voces de todas las tejedoras que había entrevistado: las wolof, las gallegas, las andaluzas, las catalanas. Y desde aquel día, ahí sigue esa pieza tejida, un testigo de voces del mundo reservado en el agua, origen de la vida.


Años más tarde con la idea de hacer más plural el proyecto, unir más voces, quise hacer una segunda parte en Latinoamérica por la evidente importancia que tienen sus tejidos en su cosmogonía, pero esta terrible epidemia que padecemos a nivel mundial ha quebrado mi proyecto como el de tantos otros…


Aún así empecé en el 2019 en Ecuador, donde visité talleres de tejeduría del sur hacia norte, a Otavalo. Allí pude hacer amistad con Mercedes Espinoza, la grabé en su taller y cantó en quechua. Con ello intuí que el tejido andino alcanzara otra dimensión. Una dimensión que va más allá de la palabra que se engancha entre los hilos: es la palabra cantada, es la música.


“El arte, la vida y el baile le dan la vida al textil” nos dice Elvira Espejo. Dar la vida. El textil como ser viviente. Como podemos leer en el libro de esta autora Ciencia de las Mujeres: “En el mundo moderno subyace la percepción sociocultural del textil como objeto” (Espejo y Arnold, 2012:4) porque también la forma occidental de nombrar los componentes del mundo textil es errónea para entender su verdadero significado. Y la autora rescata la terminología textil andina que se estaba perdiendo. Alertar así también que el textil se percibe en el mundo generalmente como objeto, comparable, exponible en museos… pero no como ser vivo.



Y creo que es ésta la gran lección que nos ofrece, generosa, la cosmogonía andina. Donde aprendemos que además el tejido no solo vive de la palabra de las personas que los tejen, sino que el tejido, como percibí escuchando la canción en quechua de los labios de Mercedes mientras ella tejía, es música y danza. Que suena y resuena por los desiertos, valles y serranías saltando fronteras y auspiciando encuentros.


En los encuentros se sanan las civilizaciones, apuntábamos al inicio de esta ponencia, y en los encuentros de cultura como este Festival se cruzan sobre las aguas los momentos de crisis. Como dijo ayer la poeta Libertad Manque, “la música es el territorio sin fronteras, y solo éste es el territorio de la cultura”.


Están a punto de sonar las doce de la noche aquí en Berlín y que comience el Día de la Chakana, el día del año en que la constelación de la Cruz del Sur forma una cruz perfecta, un tejido perfecto, un encuentro perfecto y universal para todos, en la despejada noche de los desiertos del sur de este pequeño y hermoso planeta.


Pilar Millán, Berlín, de medianoche al 3 de mayo de 2021.


Pilar Millán, España: Artista visual. Grado superior en Bellas Artes en la Universidad de Sevilla. Trabaja entre Cádiz y Berlín. Sus proyectos, de base participativa, investigan las fronteras culturales o políticas y sus consecuencias; donde combina instalaciones, fotografía, vídeo, dibujo, pintura y audios.


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