CIRCULACIONES CULTURALES TRASANDINAS:

UNA REFLEXIÓN ENTORNO A PRÁCTICAS DANCÍSTICO-MUSICALES COMPARTIDAS


Javiera Benavente

CHARLA TRAZOANDINO

El área geocultural andina, es una cuya conformación se remonta a tiempos anteriores a los de la cultura Tiwanaku, la que tuvo lugar en el área altiplánica hacia los años 500 d.C. Luego del decaimiento de esta cultura, el imperio incaico se instaló en el área y conformó el Tahuantinsuyo, el cual anexó las tierras del sur del Cusco como parte del Collasuyo.


A pesar de esta vasta extensión, especialmente desde este tiempo incaico, los Andes centrales han sabido mantener la conexión cultural a partir de activas redes comerciales, sociales y ecológicas, las que han permitido una circulación constante de personas, artefactos e ideas que contribuyen a considerar esta área geocultural como una que posee cierta uniformidad. La invasión europea, sin duda alguna, reconfiguró las relaciones entre territorios y comunidades en el área andina, tanto al establecer nuevos límites geográficos, como al evangelizar, colonizar y relocalizar a distintas poblaciones.


Sin embargo, la migración de un espacio a otro y la mantención de estas redes comerciales, conservó el área conectada y posibilitó la sobrevivencia de un imaginario cohesionado en torno a este mundo andino. Para principios del siglo XIX, 1818 para Chile, 1824 para Perú y 1825 para Bolivia, los estados nacionales poscoloniales andinos empezaron a dibujarse y a buscar constituirse en la diferencia. Si bien el espíritu independentista primero se valió de la fraternidad entre las élites blancas que lideraron los procesos de emancipación de la corona española, una vez desvinculados de esta, buscaron crear una cultura nacional fuertemente arraigada a una delimitación territorial específica que permitiese la distinción entre naciones vecinas.


La nación, establecida desde los ejes de poder criollos, pretendió enaltecer esta distinción. Sin embargo, las poblaciones, sobre todas las áreas ahora fronterizas andinas, mantuvieron su contacto y circulación a partir de las redes comerciales y familiares ya características de la zona.


La definición de los territorios nacionales de las repúblicas andinas se vio puesta en crisis para fines del siglo XIX e inicios del XX con la guerra del Pacífico, conflicto en el cual se vieron involucrados Chile, Perú y Bolivia, colindantes en el área andina. La reestructuración territorial, que implicó el anexo de territorio antes peruanos y bolivianos al mapa chileno, estuvo acompañada de una reestructuración simbólica a partir de la llamada Chilenización del Norte. Esta cruzada estatal por imponer la nacionalidad chilena en el territorio se vio reflejada especialmente en las reformas educacionales de la época, las que ensalzaron los símbolos patrios chilenos y demonizaron aquellos correspondientes a las naciones vecinas.


El ingreso de la narrativa nacional en las fiestas marianas y patronales del Norte grande, que se puede evidenciar en el enaltecimiento de la Virgen del Carmen en La Tirana, como patrona del ejército chileno y la presencia de bailes chinos de Andacollo en su fiesta, contribuyó al refuerzo del identidad chilena en el área, lo que tensionó la siempre existente diversidad nacional en los santuarios del territorio. La presencia de los colores patrios y símbolos chilenos en trajes de danzantes, en figuras religiosas y en la decoración de los pueblos en general en estos contextos festivos, se superpuso a la simbología peruana y boliviana. Sin embargo, esto no pudo borrar la devoción plurinacional y su fuerte presencia en los ahora territorios chilenos. Los santuarios del Norte grande chileno, así como sus pueblos y ciudades, mantienen al día de hoy la conformación plurinacional de antaño, tanto por los flujos de personas asociadas al comercio, como a los asociados a la devoción, a la familia y a la comunidad.


Así, la delimitación territorial actual de las naciones de los Andes centrales es una que no está exenta de conflictos. Un área cuyos límites han sido históricamente desbordados por la actividad humana, reviste complejidades que exigen una perspectiva de análisis más amplia que se limita a la consideración nacional de las comunidades y sus actividades. El territorio andino, considerado lo que ya hemos expuesto, es uno que atraviesa y trasciende las delimitaciones nacionales definidas hacia 1929 en el tratado de Lima, por lo que una perspectiva transnacional para su abordaje, presenta la posibilidad de comprender tanto la permeabilidad de las fronteras nacionales ante el flujo cultural, como también la fuerte influencia de los Estados y sus legislaciones en la zona.


Siguiendo a Ong (1999), la riqueza del término transnacional radica en el prefijo “trans”, el cual denota tanto “el movimiento a través de ciertas líneas o fronteras, como la transformación de la naturaleza de algo”. Esta última característica, la de la transformación, evidencia la agencia de las comunidades transnacionales, las que son capaces tanto de transformarse como de transformar los espacios por los cuales circulan. Lo transnacional, entendido como las relaciones y conexiones de intercambio establecidas entre personas a distancia geográfica, permite incorporar no solo a la comunidad transfronteriza que compone el área geocultural andina, sino también a quienes, por libre adscripción, se incorporan a esta comunidad desde otras latitudes.


La perspectiva transnacional ha sido ampliamente utilizada para estudiar la situación de poblaciones migrantes, como es el caso del trabajo de Megan Ryburn para la comunidad boliviana en Chile. A partir de esta perspectiva, Ryburn reconoce la construcción y mantención de una red de relaciones que conecta el país de origen con el de la actual residencia de la población. Estas relaciones simbólicas, así como materiales, dan cuenta de un tejido complejo que no sólo implica el traslado de una comunidad desde un espacio geográfico a otro o de la incorporación total de esta a la cultura de destino, sino de un vínculo constante entre los distintos espacios que conforman el tránsito de la comunidad transnacional.


En este sentido, la perspectiva transnacional ofrece una alternativa al llamado melting pot, el cual asumía la incorporación total de la población migrante en el país de destino, al comprender que este tipo de movimiento implica la generación de nuevas formas de ser y estar en los territorios. La perspectiva transnacional se vuelve interesante también al comprender la permeabilidad e incluso, para algunos casos, de la irrelevancia de las fronteras ante la actividad humana en oposición a la rigidez con la que los Estados nacionales conciben sus bordes.


Como Ryborn señala, el espacio entendido como transnacional es reconocido como un espacio socialmente construido y no necesariamente regido por el Estado nacional. La fluidez inherente de los tránsitos entre las fronteras que, como hemos señalado, ha permitido la constitución de la vasta zona geocultural andina, parece desafiar la construcción de los territorios en términos estatales nacionales. La circulación constante de personas, tanto entre ciudades y pueblos fronterizos, como entre espacios más alejados, ofrece una cartografía alternativa que, como veremos, se basa más en las relaciones humanas que en determinaciones estatales. Como bien señala Ong, hay quienes han visto en los flujos transnacionales una posibilidad de liberación de la estructura moderna estatal nacional, en la forma de la conformación de un orden post nacionalista.


Sin embargo, el Estado nacional ha demostrado que, inclusive en un contexto globalizado y transnacional como el actual “continúa definiendo, disciplinando, controlando y regulando todo tipo de poblaciones, estén en movimiento o sean residentes del territorio” (Ong, 1999). Los conflictos territoriales que han tenido lugar durante los últimos años en el área fronteriza andina que han involucrado a Chile, Bolivia, Perú e incluso al Órgano Internacional de La Haya, dan cuenta de la forma en la que los distintos Estados involucrados conciben las fronteras implicadas en esta área.



Asimismo, los conflictos que han surgido en relación al patrimonio cultural inmaterial y su origen e identidad han puesto en evidencia el interés oficial en asignar ciertas prácticas culturales a territorios y naciones específicas. El estudio de la transnacionalidad, así como de la diáspora, permite abordar los imaginarios construidos por las personas acerca de su conexión con otras. Esto pone en el centro de la discusión la actividad humana por sobre la institucional y estatal, ya que reconoce la agencia de las comunidades en definir sus propios territorios de acción, frente a los límites territoriales impuestos desde organismos de poder.


En este sentido, la circulación de personas, que por cierto no es libre ya que es condicionada por estos organismos, se da en relación tanto a la circulación como al estatismo de otras. La necesidad de transitar por distintos espacios a partir de la conexión con diversas personas dibuja un mapa en que la perspectiva transnacional se permite analizar y también comprender.


La comunidad transnacional que hemos identificado para el caso andino es una que no necesariamente responde a una diáspora o a una comunidad exclusivamente migrante, como aquella comunidad de libre adscripción que se vincula a partir de intereses culturales, artísticos o materiales, da lugar a quienes, desde otros espacios, sienten pertenencia. Tanto la presencia de actividad vinculada al área andina en otros territorios, como la actividad de personas provenientes de otros espacios en el área andina, expanden el ya amplio mapa andino que sobrepasa las fronteras regionales, las urbano-rurales y, por supuesto, las nacionales. Las circulaciones transnacionales se han presentado inclusive desde antes del surgimiento de los Estados nacionales, como bien señala Jaime Valenzuela para el caso de los indios cuscos en Santiago de Chile durante la época colonial.


Sin embargo, el contexto de globalización de fines del siglo XX y principios del XXI merece atención particular dadas las implicancias económicas que enmarcan de manera especial este fenómeno. Para Escobar, los movimientos transnacionales en la globalización han desterritorializado la cultura y el lugar, “lo que vuelve a las comunidades menos obvias y producidas por relaciones mucho más complejas entre cultura y poder, que va más allá de las fronteras locales”. Estos movimientos no vuelven a las comunidades necesariamente menos locales o más globales, sino simplemente diferentes, ya que la actividad global no es excluyente del desarrollo local de las comunidades. En este sentido, el transnacionalismo enmarcado en la globalización implica además los efectos de los intercambios globales, culturales y económicos en los espacios locales.


El neoliberalismo característico de este proceso de globalización ha concebido a la cultura no solo como un elemento imbricado en las relaciones de intercambio económico, sino también como una fuerza productiva en sí misma. Este elemento de especial interés para los Estados como para las comunidades ha movilizado a las naciones a poner atención a los flujos culturales transnacionales y hacer gala de su rol patrimonialista con un mayor énfasis.


La influencia de lo global en lo local y viceversa llama a los Estados nacionales a desarrollar estrategias de intercambio económico mediado, así como formas de establecer márgenes claros que vinculen los bordes territoriales con ciertos límites culturales y sociales. Estos límites permiten mayor control estatal y refuerzan la cosificación de las comunidades y sus prácticas, al vincularlas a espacios definidos, herméticos y cerrados. El Estado nacional se ve tensionado por la realidad global de la comunidad, por lo que podemos aquí identificar la crisis de este binario propio las construcciones moderno-occidentales y pensar alternativas de organización que puedan ser consonantes a la constitución de la comunidad.


Al respecto, podemos traer la reflexión de Rita Segato en relación al proyecto histórico de las cosas y al proyecto de los afectos. Para el primero, de base y sencillo patriarcal, los Estados han centrado su patrimonialismo en el control de las cosas y los recursos y han cosificado a las personas, en continuidad con el proyecto colonial. El Estado y la administración de la gente y territorios cosificados, apunta a un futuro completamente diferente al de proyecto histórico de los vínculos y los afectos, el que de carácter femenino, prioriza las dinámicas comunitarias y recíprocas.


La masculinización de la institucionalidad en el Estado poscolonial no se ha permitido poner en valor los lazos entre personas, objetos, expresiones y territorios, desechando los afectos al erradicarlos al espacio privado. El análisis de la red establecida entre personas y territorios a partir de los afectos y los vínculos, desde una perspectiva transnacional, nos permite tensionar otro binario, el establecido entre el espacio público y el privado y así algún lugar visible a las lógicas femeninas de la relacionalidad.


Para el caso del mundo cultural andino, podemos pensar en el espacio transnacional constituido por el Carnaval andino Inti Ch’amamp Con la Fuerza del Sol, en la ciudad de Arica. Este, a decir de Choque Cáseres (2019), posee esta característica de la transnacionalidad, “no solo porque se bailan danzas y ritmos que originalmente nacieron en Bolivia, sino que existe toda una representación desde tres países que se conjugan entre sí”. El Carnaval, organizado desde el 2002 por la Asociación Indígena Confraternidad de Agrupaciones Folklóricas Andinas de Arica y la Federación de la Cultura y las Artes Indígenas Kimsa Suyu, en conjunto con la Ilustre Municipalidad de Arica, implica un espacio de intercambio transfronterizo entre población chilena, boliviana y peruana de origen principalmente aymara, el que forja “un sentido de integración social y cultural que permitiría recrear un sentido de comunidad que trasciende y reelabora la lógica de fronteras”.



Así también, debemos agregar que el Carnaval convoca a personas provenientes de otros espacios, que no necesariamente son los fronterizos a la ciudad de Arica, lo que refuerza la idea de una comunidad transnacional que no es solo co-étnica entre aymara y sus descendientes, sino también es convocada por otras adscripciones. La reunión de danzantes y músicos provenientes de distintos espacios en una instancia como esta, da cuenta de prácticas culturales y artísticas compartidas, que, así como el Carnaval de Oruro en Bolivia, o la Candelaria en Puno, Perú, evidencian un diálogo estético multidireccional en torno a lo andino. La transformación de los códigos performáticos, traducidos en nuevas melodías, nuevos pasos y danzas y nuevos trajes, entre otros, hablan del dinamismo de las expresiones, que a pesar de contener muchas veces un discurso fuertemente folklorizado, asociado a la tradición y a la conservación, son adecuadas a los acontecimientos globales y locales. Cómo da cuenta Fernando Ríos por su parte, la conocida como música folklórica andina es, en sí misma, una inversión transnacional. Primero escenificada por agrupaciones de origen urbano en París como los argentinos Los Incas o Los Calchakis, la propuesta instrumental y sonora cosmopolita de estas agrupaciones sirvió como inspiración para el posterior trabajo de músicos como Los de la Peña, Quilapayún o Inti-Illimani. El tipo de sonoridad generado por esta música andina urbana puso en escena instrumentos que en un contexto rural andino no suelen ser tocados juntos, como zampoñas y quenas junto al charango y otros instrumentos de cuerda pulsada. A diferencia del uso de los instrumentos y sus consecuentes sonoridades asociadas al calendario ritual en el mundo rural, esta música prescindió de esta separación y configuró un nuevo imaginario social apto para escenario y oídos cosmopolitas.


La transnacionalidad de la música andina folklórica no solo es audible a partir de las condiciones de su origen, el que se dio geográficamente alejado del macizo andino. El tránsito transnacional de músicos que llevaron el sonido andino a diversos lugares, contribuyó a su difusión y facilitó una acción más amplia al de esta zona. La conformación de la peña de los Parra 1965, en Santiago, estableció un polo de desarrollo para este tipo de música, en clave panandina y recibió participación de músicos provenientes de otros espacios, como Los Fronterizos desde Argentina y los Jairas desde Bolivia. Así también, las visitas a la peña Mayra en la ciudad de La Paz, Bolivia, por parte de los chilenos Inti Illimani y Violeta Parra, contribuyeron a este diálogo andino transnacional, el que se constituyó a partir de las circulación de canciones, géneros musicales, instrumentos e ideas.


La invención de la música andina, como buen proceso de folklorización, permitió generar este ideario global en forma de canciones reconocibles, afinación temperada de los instrumentos y textos que mezclaban el quechua y aymara con el español. Asimismo y en consonancia con el espíritu político que caracterizó al territorio latinoamericano de la década de los 60 y 70, esta música resonó con las pretensiones latinoamericanistas que buscaban hacer frente al intervencionismo norteamericano en el área, por lo que tempranamente vinculaba, sobre todo desde Chile, con un imaginario que trascendía las fronteras nacionales y apelaba la hermandad entre pueblos.


El imaginario cultural andino está arraigado en un área transnacional que no solo se circunscribe exclusivamente a los Andes centrales, si no que ha permitido construir puentes particularmente fecundos a partir de la práctica de danzas y músicas asociadas a este imaginario. Como prácticas culturales compartidas, estas han sabido conflictuar a los Estados nacionales y a su afán separatista, así como también han permitido la trascendencia de los límites territoriales.


Siguiendo a Arizpe (2006), las culturas, más que constituir mosaicos cuyas piezas arman una suerte de puzzle multicultural, constituyen “rios-arcoíris”, pues no son estáticas y fluyen constantemente nutriéndose de los aportes que las distintas personas y tiempos hacen. Las incorporaciones de variantes locales a expresiones artísticas dan cuenta de una cultura dinámica que está al servicio de las necesidades expresivas de las personas, quienes adoptan, adaptan y crean según sus propias concepciones de vida y sus propios sentires.


El imaginario andino, desde tiempos inmemoriales, ha sabido conectar a personas situadas tanto dentro como fuera del altiplano, generando trazos multisonoros y multicolores que tejen un relato común. Este relato, siempre complejo y con multiplicidad de actores involucrados, ha sabido fluir en la forma del que podríamos llamar Trazoandino, abrazando diversas individualidades que, de alguna u otra forma, sienten pertenencia e identificación con su vastedad expresiva y simbólica.


Javiera Benavente, Chile: Cantante, docente e investigadora. Candidata a Doctora en Artes, mención Música, por la P. Universidad Católica de Chile; Magíster en Estéticas Americanas; licenciada en Teoría de la Música, Educación y Profesora de Artes musicales.


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